21 de diciembre de 2011
Breve relato sobre la ficticia historia de un amor real
Anoche en una cena se sentó a mi lado una preciosa y morena desconocida. Me sentí tentado a ligotear con ella, y empezamos a hablar. Después en el Pub volví a cruzarme con ella. ¿Se habia caido una estrella del cielo que estaba frente a mi? "Hola, soy Antonio" le dije sonriendo. "Hola guapo, yo me llamo Belén" me contestó...
24 de noviembre de 2011
San Sebastián - Parte I
Seis semanas son aproximadamente 42 días, 1008 horas o 60.480 minutos. Y todo ese tiempo ya había quedado atrás, por fin era el momento de partir. La espera había sido interminable, el tiempo había permanecido hechizado y congelado como si alguien hubiera conseguido frenarlo para que no avanzara.
El protagonista de esa espera es alguien que conocéis, una persona poco acostumbrada a los giros inesperados, a los vuelcos radicales y a los cambios importantes.
Sin embargo desde aquel 23 de Mayo todo se había puesto patas arriba en su vida. Al fin alguien había entrado en ella con la fuerza suficiente como para fundir las cadenas que lo ataban a una vida que él no quería tener pero a la que la cobardía lo mantenía aferrado. Aunque esa es otra historia.
Ese muchacho estaba allí de pie junto a su maleta, frente al tablón de horarios de llegadas y salidas de la estación. Su autobús salía en 25 minutos con destino a Madrid, la primera escala de su primer viaje en solitario. Sentía esa inquietud nerviosa de estar imaginando todo lo que estaba por llegar. Había estado esperando ese momento seis largas semanas y al fin estaba allí, junto a un equipaje cargado de ternura e ilusión que había estado guardando. Le costaba estarse quieto, era un momento único para él, una persona que nunca ha salido de su casa sin su familia. Y no solo sentía ese ímpetu de lanzarse al mundo por primera vez. Lo mejor de todo es que quien le impulsaba a dar aquel salto era una persona, una chica... aquella que cinco meses atrás había aparecido sin saber cómo ni por qué en forma de incipiente cariño y amor en el corazón de ese chaval tímido de camisa blanca.
Sentía la ansiedad de subirse al autobús, de ponerse en marcha de una vez y empezar a restarle kilometros a esa distancia que tan amarga resultaba. El resto de viajeros de la estación permanecían sentados, algunos incluso adormilados. Era la 1:15 de la madrugada.
Como si aquel gesto le acercara un poco más a su destino, el chico salió de la sala de espera al lugar de las dársenas donde aparcan los autobuses esperando localizar el suyo. Hacía frío en aquella noche de cielo nublado y lluvioso de Octubre. A él poco le importaba, estrenaba para la ocasión su nuevo jersey de cuello alto. sus pantalones vaqueros y sus zapatos de piel. Nunca se había sentido tan adulto, tan nervioso y tan impaciente al mismo tiempo. Al encontrar la dársena número 21 se detuvo delante, con más nervios aún, revisando todos los papeles para comprobar que todo estaba en orden.
En un momento en el que estaba perdido entre sus pensamientos, bajó del autobús el conductor y dijo aquellas palabras mágicas tan esperadas "Por favor, los pasajeros con destino a Madrid dejen sus equipajes por este lado del vehículo, gracias". Al fin empezaba esta aventura, era el momento de ponerse en marcha.
Colocó su maleta con la ilusión de aquel que viaja por primera vez y se situó en la cola de pasajeros que esperaban para subir al autobús. Todo lo que para los demás parecía tan normal y rutinario, para aquel muchacho resultaba todo un desafío que afrontaba con una desbordaba emoción e impaciencia. Dejar la maleta, ponerse en la cola, esperar el momento de subir... todo estaba revestido de esa magia que contiene cualquier primera vez en algo tan especial.
Aquel señor uniformado de corbata negra comenzó a pedir los billetes, o en otro caso, como el suyo, el número de asiento y localizador o DNI. Llegó su turno, y con el pulso algo acelerado, recitó el número de su DNI y su asiento lo más rápido y claro que pudo. "Suba por favor, plaza 45". Y el muchacho subió, buscó su asiento y acomodándose miró por la ventana esperando impaciente el momento de partir. Pasaron los minutos conforme seguían entrando pasajeros. Una chica de mediana edad con aspecto despistado pero agradable se sentó al lado del muchacho y lo saludó con cortesía. Serían compañeros de viaje durante las cinco horas de recorrido hasta Madrid. Todo el mundo se acomodaba de la mejor forma que podía, hasta que la voz del conductor a través del micrófono hizo el silencio entre los pasajeros: "Buenas noches señoras y señores", dijo con tono amable, "la duración estimada del viaje es de unas cinco horas, y pararemos media hora para descansar. Les recuerdo que está prohibido fumar en este autobús y les rogaría que no se quitaran los zapatos, ya que somos muchos y no sería agradable" dijo de forma divertida. "Llegaremos aproximadamente a las 6:30 a nuestro destino. Les deseo un buen viaje a todos". Y apagó el micrófono.
El motor del autobús llevaba encendido un buen rato, desde que se había subido, pero ahora más nunca la salida parecía inminente, y sus nervios y emociones se dispararon un poco más. Entonces comenzó a sonar un pitido que indicaba que estaban dando marcha atrás para salir de la dársena. Empezaron a moverse... Por fin el viaje había comenzado.
Los primeros minutos le parecían realmente emocionantes, y no veía el momento de que el autobús cogiera la autovía para empezar a correr. Sabía que cada segundo que pasara a partir de entonces lo acercaría más a ella, y eso le hacía sonreír mientras su mirada ilusionada se reflejaba en el cristal de la ventana. Para el viaje el muchacho había llevado de todo, patatas, chucherías, refrescos, música en el mp3, e incluso una sudadera extra para poder usarla de almohada y dormir. A fin de cuentas eran cerca de las 2 de la madrugada. Y sin embargo no había nada en aquella mochila que él quisiera usar. Estaba totalmente absorto en mirar al infinito, imaginando cómo sería el reencuentro, y no quería que nada distrajera ese bonito pensamiento.
Con un pequeño gesto se despidió de Granada cuando la última de las oscuras calles quedó atrás y tomaron la autovía dirección Madrid. El autobús aceleró, y con él, las pulsaciones de su corazón. "Ya voy pequeña, ya voy!", gritaba en su cabeza.
En un largo rato nada pudo borrar de su cara una sonrisa y una mirada de profunda ilusión. Ya estaba en camino, ya iba hacia ella.
Conforme fueron pasando los minutos se fue relajando poco a poco, aunque nunca perdió esa chispa mágica que inundaba su interior. Fuera todo era oscuridad en una noche cerrada, así que cerró los ojos, y aunque no consiguió dormir, los minutos y los kilómetros empezaron a pasar más rápido.
El suave traqueteo de la carretera, el silencio y la oscuridad empezaban a hacer efecto sobre él hasta relajarlo de una manera muy cercana al sueño. Justo cuando la realidad se desvirtuaba y empezaba a dormitar, sintió como de repente el autobús aminoró la marcha, y abrió los ojos. Estaban aparcando en un área de servicio. Miró a sus alrededor y vio como otras personas se habían percatado y se empezaban a desperezar. Otros seguían durmiendo plácidamente, como su compañera de asiento. Sonó por el micrófono la voz apagada del conductor: "vamos a hacer un pequeño descanso de media hora. La puerta de atrás quedará abierta a su disposición."
Algunos se levantaron y comenzaron a bajar. Otros, aunque despiertos, preferían librarse del frío exterior y quedarse allí dentro. Los demás, continuaron durmiendo en sus asientos...como su compañera de asiento. Al principio el muchacho no quiso despertarla y se quedó allí sentado, aunque necesitaba estirar las piernas y tomar algo caliente. Durante un rato lo pensó, hasta que con voz delicada le pidió a la chica que le dejara salir.
Fuera hacía mucho frío y caía una ligera lluvia que resultaba agradable. Entró para tomarse un colacao caliente y aprovechar para ir al baño. Allí dentro se estaba bien, con buena temperatura. Pero él prefería la lluvia y el frío del exterior, donde poder sentir mejor que en aquel oscuro horizonte se encontraba su destino. En cierto modo, sentirse en mitad de la nada, rodeado de desconocidos pero colmado de ilusión, resultaba para él toda una aventura, y quería saborearla bajo la lluvia. Algunos aprovecharon para fumar, mientras él daba saltitos y gestos para estirar todo el cuerpo y comer algunas patatas. Aún quedaba algo más de la mitad del camino y no quería que se le hiciera incómodo o molesto.
Subió al autobús, y despertando a su pesar de nuevo a su compañera, volvió a tomar asiento en la plaza 45. Pocos minutos después el motor volvió a ponerse en marcha, el conductor comprobó que estaban todos y emprendieron de nuevo la marcha.
Tras la parada no le costó mucho recuperar ese estado de somnolencia y relajación. No durmió, pero perdido en sus emociones y pensamientos los kilómetros pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Cuando quiso darse cuenta comenzó a ver carteles en la carretera anunciando pueblos cercanos a Madrid. No quedaba mucho. Miró su reloj, que marcaba las 5:25 de la mañana. A partir de ese momento no volvió a cerrar los ojos, sentía que quedaba muy poco para llegar a la mitad del viaje, marcado por la capital española.
Empezaron a aparecer edificios y farolas, estaban entrando en la ciudad y según las pantallas del autobús, la estación Sur estaba ya muy cerca. De nuevo sintió como su corazón aceleraba, cuando el vehículo se desvió y entró a través de un túnel. Había llegado. Mientras los pasajeros empezaban a moverse y a recoger sus pertenencias, el conductor anunció que estaban efectuando su entrada en la Estación Sur. A los pocos minutos, el autobús se detuvo y empezaron a bajar. Él, acelerado y nervioso, bajó y fue corriendo en busca de su maleta. Le invadía una sensación extraña de nerviosismo mientras la ilusión y las ganas de llegar a su destino final seguían creciendo. Era la primera vez que tendría que moverse solo por aquella gigantesca capital. Sin embargo, había quedado con su primo para desayunar mientras hacía tiempo para coger el otro autobús en la otra estación de la ciudad.
Ya con su maleta, oteó la dársena con la mirada buscando la cara familiar de su primo, pero no la encontró. Aquello era realmente enorme. Comenzó a andar durante un rato, hasta que una llamada en su móvil lo detuvo. Al otro lado del teléfono escuchó: "¿Donde estás? Vuelve a la dársena donde has llegado, te espero aquí". Y deshaciendo sus pasos, volvió allí para encontrarse esta vez si con aquella cara tan familiar.
Los primos se abrazaron con entusiasmo; llevaban casi dos años sin verse, y aunque iba a ser breve, aquel encuentro los alegró enormemente a ambos. Comenzaron a andar en busca del metro, la línea 6 concretamente, para llegar a la Estación de autobuses de largo recorrido de la Avenida América. Para él era una suerte contar con la ayuda de su primo a la hora de guiarse por la enorme red de metro de la ciudad en su primera "escapada" en solitario. Cuando llegaron, buscaron dónde desayunar y poder seguir conversando distendidamente. Café y colacao con churros para ambos, en genial compañía en aquella esquina de la cafetería de la estación. Conversaron durante una media hora, hasta que llegó la hora de la despedida. Su primo tenía que ir a trabajar. No sin antes prometer verse al menos una vez al año, se despidieron y cada uno tomó de nuevo su camino. Nuestro protagonista viajero llevaba de nuevo en su rostro dibujada esa sonrisa que no puede ocultarse ni disimularse, y un sentimiento de gratitud y ganas de que las horas pasaran lo envolvían por completo. Aún le quedaba hora y media para coger el autobús, pero se acercó a la zona de salidas para tener controlado más o menos desde donde tendría que salir. Siempre había sido así de previsor. Sin embargo, el nombre de su destino aún no aparecía en los monitores de próximas salidas.
Recorrió la terminal varias veces caminando con su maleta y su mochila, ya que la mezcla de nerviosismo e ilusión que poseía le impedían estar sentado. Aprovechó para tomarse unas pastillas que el medico le había recetado y que había olvidado tomar en el desayuno. Y cuando no tuvo nada más que hacer, buscó un asiento junto a una religiosa muy amable que se dirigía a Burgos. Cruzaron algunas frases y conversaron durante algunos minutos. Después, junto a otra religiosa, se levantó y despidiéndose, le deseó buen viaje y se marcho lentamente con su bolso de viaje.
El muchacho se quedó allí sentado durante un rato. Los minutos parecían haberse vuelto a congelar para él. Era consciente de que el próximo autobús que cogiera, ese que estaba esperando y que tomaría en apenas 45 minutos, lo llevaría al fin junto a su chica. Tan solo ese pensamiento ya despertaba en él la más intensa de las ilusiones.
Bostezó varias veces mientras se levantaba y se sentaba cada pocos minutos, pero no tenía nada de sueño. Es más, se sentía más vivo y despierto que nunca. Encontró un periódico apartado en un rincón y comenzó a leerlo, como un intento de acelerar el paso del tiempo. Durante un rato repasó noticias que no le interesaban lo más mínimo. Cada dos dos líneas levantaba la vista para mirar el reloj. Cada vez quedaba menos, y el tiempo, aunque lento, fluía constante. Encontró un reportaje algo interesante que sí leyó con algo más de atención. Y sin darse cuenta, aquello le llevó seis o siete minutos, los justos para que al levantar de nuevo la vista y dejar el periódico donde lo había encontrado, se encontrara cara a cara con su destino.
Frente a él, en el monitor de la estación, al fin, apareció en mayúsculas: SAN SEBASTIÁN.
El protagonista de esa espera es alguien que conocéis, una persona poco acostumbrada a los giros inesperados, a los vuelcos radicales y a los cambios importantes.
Sin embargo desde aquel 23 de Mayo todo se había puesto patas arriba en su vida. Al fin alguien había entrado en ella con la fuerza suficiente como para fundir las cadenas que lo ataban a una vida que él no quería tener pero a la que la cobardía lo mantenía aferrado. Aunque esa es otra historia.
Ese muchacho estaba allí de pie junto a su maleta, frente al tablón de horarios de llegadas y salidas de la estación. Su autobús salía en 25 minutos con destino a Madrid, la primera escala de su primer viaje en solitario. Sentía esa inquietud nerviosa de estar imaginando todo lo que estaba por llegar. Había estado esperando ese momento seis largas semanas y al fin estaba allí, junto a un equipaje cargado de ternura e ilusión que había estado guardando. Le costaba estarse quieto, era un momento único para él, una persona que nunca ha salido de su casa sin su familia. Y no solo sentía ese ímpetu de lanzarse al mundo por primera vez. Lo mejor de todo es que quien le impulsaba a dar aquel salto era una persona, una chica... aquella que cinco meses atrás había aparecido sin saber cómo ni por qué en forma de incipiente cariño y amor en el corazón de ese chaval tímido de camisa blanca.
Sentía la ansiedad de subirse al autobús, de ponerse en marcha de una vez y empezar a restarle kilometros a esa distancia que tan amarga resultaba. El resto de viajeros de la estación permanecían sentados, algunos incluso adormilados. Era la 1:15 de la madrugada.
Como si aquel gesto le acercara un poco más a su destino, el chico salió de la sala de espera al lugar de las dársenas donde aparcan los autobuses esperando localizar el suyo. Hacía frío en aquella noche de cielo nublado y lluvioso de Octubre. A él poco le importaba, estrenaba para la ocasión su nuevo jersey de cuello alto. sus pantalones vaqueros y sus zapatos de piel. Nunca se había sentido tan adulto, tan nervioso y tan impaciente al mismo tiempo. Al encontrar la dársena número 21 se detuvo delante, con más nervios aún, revisando todos los papeles para comprobar que todo estaba en orden.
En un momento en el que estaba perdido entre sus pensamientos, bajó del autobús el conductor y dijo aquellas palabras mágicas tan esperadas "Por favor, los pasajeros con destino a Madrid dejen sus equipajes por este lado del vehículo, gracias". Al fin empezaba esta aventura, era el momento de ponerse en marcha.
Colocó su maleta con la ilusión de aquel que viaja por primera vez y se situó en la cola de pasajeros que esperaban para subir al autobús. Todo lo que para los demás parecía tan normal y rutinario, para aquel muchacho resultaba todo un desafío que afrontaba con una desbordaba emoción e impaciencia. Dejar la maleta, ponerse en la cola, esperar el momento de subir... todo estaba revestido de esa magia que contiene cualquier primera vez en algo tan especial.
Aquel señor uniformado de corbata negra comenzó a pedir los billetes, o en otro caso, como el suyo, el número de asiento y localizador o DNI. Llegó su turno, y con el pulso algo acelerado, recitó el número de su DNI y su asiento lo más rápido y claro que pudo. "Suba por favor, plaza 45". Y el muchacho subió, buscó su asiento y acomodándose miró por la ventana esperando impaciente el momento de partir. Pasaron los minutos conforme seguían entrando pasajeros. Una chica de mediana edad con aspecto despistado pero agradable se sentó al lado del muchacho y lo saludó con cortesía. Serían compañeros de viaje durante las cinco horas de recorrido hasta Madrid. Todo el mundo se acomodaba de la mejor forma que podía, hasta que la voz del conductor a través del micrófono hizo el silencio entre los pasajeros: "Buenas noches señoras y señores", dijo con tono amable, "la duración estimada del viaje es de unas cinco horas, y pararemos media hora para descansar. Les recuerdo que está prohibido fumar en este autobús y les rogaría que no se quitaran los zapatos, ya que somos muchos y no sería agradable" dijo de forma divertida. "Llegaremos aproximadamente a las 6:30 a nuestro destino. Les deseo un buen viaje a todos". Y apagó el micrófono.
El motor del autobús llevaba encendido un buen rato, desde que se había subido, pero ahora más nunca la salida parecía inminente, y sus nervios y emociones se dispararon un poco más. Entonces comenzó a sonar un pitido que indicaba que estaban dando marcha atrás para salir de la dársena. Empezaron a moverse... Por fin el viaje había comenzado.
Los primeros minutos le parecían realmente emocionantes, y no veía el momento de que el autobús cogiera la autovía para empezar a correr. Sabía que cada segundo que pasara a partir de entonces lo acercaría más a ella, y eso le hacía sonreír mientras su mirada ilusionada se reflejaba en el cristal de la ventana. Para el viaje el muchacho había llevado de todo, patatas, chucherías, refrescos, música en el mp3, e incluso una sudadera extra para poder usarla de almohada y dormir. A fin de cuentas eran cerca de las 2 de la madrugada. Y sin embargo no había nada en aquella mochila que él quisiera usar. Estaba totalmente absorto en mirar al infinito, imaginando cómo sería el reencuentro, y no quería que nada distrajera ese bonito pensamiento.
Con un pequeño gesto se despidió de Granada cuando la última de las oscuras calles quedó atrás y tomaron la autovía dirección Madrid. El autobús aceleró, y con él, las pulsaciones de su corazón. "Ya voy pequeña, ya voy!", gritaba en su cabeza.
En un largo rato nada pudo borrar de su cara una sonrisa y una mirada de profunda ilusión. Ya estaba en camino, ya iba hacia ella.
Conforme fueron pasando los minutos se fue relajando poco a poco, aunque nunca perdió esa chispa mágica que inundaba su interior. Fuera todo era oscuridad en una noche cerrada, así que cerró los ojos, y aunque no consiguió dormir, los minutos y los kilómetros empezaron a pasar más rápido.
El suave traqueteo de la carretera, el silencio y la oscuridad empezaban a hacer efecto sobre él hasta relajarlo de una manera muy cercana al sueño. Justo cuando la realidad se desvirtuaba y empezaba a dormitar, sintió como de repente el autobús aminoró la marcha, y abrió los ojos. Estaban aparcando en un área de servicio. Miró a sus alrededor y vio como otras personas se habían percatado y se empezaban a desperezar. Otros seguían durmiendo plácidamente, como su compañera de asiento. Sonó por el micrófono la voz apagada del conductor: "vamos a hacer un pequeño descanso de media hora. La puerta de atrás quedará abierta a su disposición."
Algunos se levantaron y comenzaron a bajar. Otros, aunque despiertos, preferían librarse del frío exterior y quedarse allí dentro. Los demás, continuaron durmiendo en sus asientos...como su compañera de asiento. Al principio el muchacho no quiso despertarla y se quedó allí sentado, aunque necesitaba estirar las piernas y tomar algo caliente. Durante un rato lo pensó, hasta que con voz delicada le pidió a la chica que le dejara salir.
Fuera hacía mucho frío y caía una ligera lluvia que resultaba agradable. Entró para tomarse un colacao caliente y aprovechar para ir al baño. Allí dentro se estaba bien, con buena temperatura. Pero él prefería la lluvia y el frío del exterior, donde poder sentir mejor que en aquel oscuro horizonte se encontraba su destino. En cierto modo, sentirse en mitad de la nada, rodeado de desconocidos pero colmado de ilusión, resultaba para él toda una aventura, y quería saborearla bajo la lluvia. Algunos aprovecharon para fumar, mientras él daba saltitos y gestos para estirar todo el cuerpo y comer algunas patatas. Aún quedaba algo más de la mitad del camino y no quería que se le hiciera incómodo o molesto.
Subió al autobús, y despertando a su pesar de nuevo a su compañera, volvió a tomar asiento en la plaza 45. Pocos minutos después el motor volvió a ponerse en marcha, el conductor comprobó que estaban todos y emprendieron de nuevo la marcha.
Tras la parada no le costó mucho recuperar ese estado de somnolencia y relajación. No durmió, pero perdido en sus emociones y pensamientos los kilómetros pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Cuando quiso darse cuenta comenzó a ver carteles en la carretera anunciando pueblos cercanos a Madrid. No quedaba mucho. Miró su reloj, que marcaba las 5:25 de la mañana. A partir de ese momento no volvió a cerrar los ojos, sentía que quedaba muy poco para llegar a la mitad del viaje, marcado por la capital española.
Empezaron a aparecer edificios y farolas, estaban entrando en la ciudad y según las pantallas del autobús, la estación Sur estaba ya muy cerca. De nuevo sintió como su corazón aceleraba, cuando el vehículo se desvió y entró a través de un túnel. Había llegado. Mientras los pasajeros empezaban a moverse y a recoger sus pertenencias, el conductor anunció que estaban efectuando su entrada en la Estación Sur. A los pocos minutos, el autobús se detuvo y empezaron a bajar. Él, acelerado y nervioso, bajó y fue corriendo en busca de su maleta. Le invadía una sensación extraña de nerviosismo mientras la ilusión y las ganas de llegar a su destino final seguían creciendo. Era la primera vez que tendría que moverse solo por aquella gigantesca capital. Sin embargo, había quedado con su primo para desayunar mientras hacía tiempo para coger el otro autobús en la otra estación de la ciudad.
Ya con su maleta, oteó la dársena con la mirada buscando la cara familiar de su primo, pero no la encontró. Aquello era realmente enorme. Comenzó a andar durante un rato, hasta que una llamada en su móvil lo detuvo. Al otro lado del teléfono escuchó: "¿Donde estás? Vuelve a la dársena donde has llegado, te espero aquí". Y deshaciendo sus pasos, volvió allí para encontrarse esta vez si con aquella cara tan familiar.
Los primos se abrazaron con entusiasmo; llevaban casi dos años sin verse, y aunque iba a ser breve, aquel encuentro los alegró enormemente a ambos. Comenzaron a andar en busca del metro, la línea 6 concretamente, para llegar a la Estación de autobuses de largo recorrido de la Avenida América. Para él era una suerte contar con la ayuda de su primo a la hora de guiarse por la enorme red de metro de la ciudad en su primera "escapada" en solitario. Cuando llegaron, buscaron dónde desayunar y poder seguir conversando distendidamente. Café y colacao con churros para ambos, en genial compañía en aquella esquina de la cafetería de la estación. Conversaron durante una media hora, hasta que llegó la hora de la despedida. Su primo tenía que ir a trabajar. No sin antes prometer verse al menos una vez al año, se despidieron y cada uno tomó de nuevo su camino. Nuestro protagonista viajero llevaba de nuevo en su rostro dibujada esa sonrisa que no puede ocultarse ni disimularse, y un sentimiento de gratitud y ganas de que las horas pasaran lo envolvían por completo. Aún le quedaba hora y media para coger el autobús, pero se acercó a la zona de salidas para tener controlado más o menos desde donde tendría que salir. Siempre había sido así de previsor. Sin embargo, el nombre de su destino aún no aparecía en los monitores de próximas salidas.
Recorrió la terminal varias veces caminando con su maleta y su mochila, ya que la mezcla de nerviosismo e ilusión que poseía le impedían estar sentado. Aprovechó para tomarse unas pastillas que el medico le había recetado y que había olvidado tomar en el desayuno. Y cuando no tuvo nada más que hacer, buscó un asiento junto a una religiosa muy amable que se dirigía a Burgos. Cruzaron algunas frases y conversaron durante algunos minutos. Después, junto a otra religiosa, se levantó y despidiéndose, le deseó buen viaje y se marcho lentamente con su bolso de viaje.
El muchacho se quedó allí sentado durante un rato. Los minutos parecían haberse vuelto a congelar para él. Era consciente de que el próximo autobús que cogiera, ese que estaba esperando y que tomaría en apenas 45 minutos, lo llevaría al fin junto a su chica. Tan solo ese pensamiento ya despertaba en él la más intensa de las ilusiones.
Bostezó varias veces mientras se levantaba y se sentaba cada pocos minutos, pero no tenía nada de sueño. Es más, se sentía más vivo y despierto que nunca. Encontró un periódico apartado en un rincón y comenzó a leerlo, como un intento de acelerar el paso del tiempo. Durante un rato repasó noticias que no le interesaban lo más mínimo. Cada dos dos líneas levantaba la vista para mirar el reloj. Cada vez quedaba menos, y el tiempo, aunque lento, fluía constante. Encontró un reportaje algo interesante que sí leyó con algo más de atención. Y sin darse cuenta, aquello le llevó seis o siete minutos, los justos para que al levantar de nuevo la vista y dejar el periódico donde lo había encontrado, se encontrara cara a cara con su destino.
Frente a él, en el monitor de la estación, al fin, apareció en mayúsculas: SAN SEBASTIÁN.
5 de octubre de 2011
En un lugar del puerto
El sonido del viejo piano inundaba el salón, convirtiendo el humo del cigarro en una atmósfera de esparcimiento y relajación. Era una música exquisita y aterciopelada únicamente acompañada por un ronco contrabajo que sostenía y acariciaba aquel caballero de traje y sombrero. Ambos sonreían y disfrutaban improvisando aquellas melodías tan llenas de sentimiento. Sus instintos musicales parecían acoplarse como una pareja de tango que a lo largo de los años ha conseguido una sincronización perfecta. El jazz se había convertido en una danza de emociones expresadas a través de sus manos e instrumentos.
Las lámparas prácticamente apagadas y las velas de las mesas encendidas arrojaban una tenue luz anaranjada en el local, resaltando la vitalidad oscura de la madera del suelo desgastado por el paso del tiempo. Crujía bajo los pies de los músicos acompañando silenciosamente la música con sus añejos quejidos.
La penumbra apenas dejaba vislumbrar los cuadros y fotografías en blanco negro que cubrían las paredes como un inmenso tapiz de tonalidades grises. Cada una estaba firmada y dedicada en una de las esquinas, como recordatorio de una velada inolvidable en aquel lugar.
Como cada noche, se habían reunido allí amigos y parejas para conversar tranquilamente y tener un descanso antes de irse a dormir. Ed Harris y su esposa, los chicos de la fábrica Bedford, el abuelo Tom con su chaleco rojo y su reloj de oro, la señorita Martha y su prometido, tan lleno de cicatrices como siempre, y aquella pareja que aparecía algunos días cada mes, sentados en la mesa situada junto a los músicos. Ella con un vestido blanco repleto de flores azul marino y sus altos tacones. Él con su camisa arremangada. Y como siempre, una rosa blanca entre sus manos entrelazadas. Escuchaban con entusiasmo la música uno junto al otro, dedicándose sonrisas y miradas de complicidad, rompiendo ocasionalmente el silencio con comentarios y bromas que quizá solo ellos entendían, y que solían terminar con una caricia en el rostro y un beso en la mejilla de uno hacia el otro. Disfrutaban mutuamente de la compañía, dejando que el piano y el contrabajo añadieran la banda sonora a esos momentos de ternura.
En un momento cercano a la media noche, los instrumentos acallaron su melodía y se sumó el sonido de un clarinete lejano perdido en la sombra. Desde el lado opuesto del salón apareció un señor de blanca barba y delicadas manos haciendo sonar el instrumento con una armonía que acompañaba cada uno de sus gestos. Avanzando despacio por entre las mesas, con paso suave y tranquilo, las luces de las velas iluminaban un rostro envejecido pero feliz con los ojos completamente cerrados, dejando escapar aquellas notas tan brillantes como enternecedoras.
La gente escuchaba con atención y miraba a aquel señor con respeto y admiración. Pocas veces habían tenido la oportunidad de disfrutar de algo tan bello de una manera tan íntima y cercana como esta vez. Bajo la atenta mirada de todos ellos, continuó tocando y serpenteando por entre las mesas durante unos minutos, hasta que llegó a la mesa de aquella pareja.
Deteniendo el paso lentamente, se detuvo frente a ellos, y con un movimiento musical exquisito, condujo la música hacia un silencio tan breve que ninguno de los asistentes tuvo tiempo de reaccionar o aplaudir. Dirigiéndoles una sonrisa a ambos, cerró los ojos y comenzó a producir de nuevo un sonido dulce y profundo que despertaba las más emotivas sensaciones. Elevó una nota sostenida, marcando el inicio de una canción lenta y acompasada que incitaba a bailar en pareja. Resultaba familiar para la mayoría, pero nadie conseguía averiguar qué estaba tocando aquel hombre de una forma tan dulce. Sin embargo, la chica del vestido blanco y azul se emocionó en cuanto escuchó las primeras notas porque conocía muy bien aquella canción. "¿Cómo es posible que sepa que es mi favorita? ¿Será solo coincidencia?" se preguntaba la muchacha casi sobrecogida.
Entonces él, con su camisa arremangada, soltó la rosa blanca sobre la mesa y poniéndose de pie, retiró la silla y le ofreció la mano sonriendo. "¿Compartirías conmigo tu canción?".
Cogidos de la mano se apartaron a un lado del salón y empezaron a bailar como si nada más importara en el mundo en ese momento. Él la sujetaba por la cintura mientras ella apoyaba la cabeza sobre su pecho, que latía tan fuerte como nunca había hecho.
Bailaron hasta que la música se fue diluyendo en el silencio y levantando los ojos se dedicaron un último compás. El frío invierno pareció congelar aquel momento en la mirada de los dos, y se derritió con aquel profundo beso.
Cuando aquel momento se marchó de sus manos, el anciano del clarinete levantó los ojos bajo su sombrero y mirando al muchacho le guiñó un ojo... y él le devolvió el gesto. "¿Le conoces?" preguntó ella con aire de sospecha. "Es un viejo amigo" respondió él devolviéndole la sonrisa. Y tomándola entre sus brazos, apartó de su cara su pelo moreno y la besó para no dejar escapar jamás aquella noche de amor y jazz.
Las lámparas prácticamente apagadas y las velas de las mesas encendidas arrojaban una tenue luz anaranjada en el local, resaltando la vitalidad oscura de la madera del suelo desgastado por el paso del tiempo. Crujía bajo los pies de los músicos acompañando silenciosamente la música con sus añejos quejidos.
La penumbra apenas dejaba vislumbrar los cuadros y fotografías en blanco negro que cubrían las paredes como un inmenso tapiz de tonalidades grises. Cada una estaba firmada y dedicada en una de las esquinas, como recordatorio de una velada inolvidable en aquel lugar.
Como cada noche, se habían reunido allí amigos y parejas para conversar tranquilamente y tener un descanso antes de irse a dormir. Ed Harris y su esposa, los chicos de la fábrica Bedford, el abuelo Tom con su chaleco rojo y su reloj de oro, la señorita Martha y su prometido, tan lleno de cicatrices como siempre, y aquella pareja que aparecía algunos días cada mes, sentados en la mesa situada junto a los músicos. Ella con un vestido blanco repleto de flores azul marino y sus altos tacones. Él con su camisa arremangada. Y como siempre, una rosa blanca entre sus manos entrelazadas. Escuchaban con entusiasmo la música uno junto al otro, dedicándose sonrisas y miradas de complicidad, rompiendo ocasionalmente el silencio con comentarios y bromas que quizá solo ellos entendían, y que solían terminar con una caricia en el rostro y un beso en la mejilla de uno hacia el otro. Disfrutaban mutuamente de la compañía, dejando que el piano y el contrabajo añadieran la banda sonora a esos momentos de ternura.
En un momento cercano a la media noche, los instrumentos acallaron su melodía y se sumó el sonido de un clarinete lejano perdido en la sombra. Desde el lado opuesto del salón apareció un señor de blanca barba y delicadas manos haciendo sonar el instrumento con una armonía que acompañaba cada uno de sus gestos. Avanzando despacio por entre las mesas, con paso suave y tranquilo, las luces de las velas iluminaban un rostro envejecido pero feliz con los ojos completamente cerrados, dejando escapar aquellas notas tan brillantes como enternecedoras.
La gente escuchaba con atención y miraba a aquel señor con respeto y admiración. Pocas veces habían tenido la oportunidad de disfrutar de algo tan bello de una manera tan íntima y cercana como esta vez. Bajo la atenta mirada de todos ellos, continuó tocando y serpenteando por entre las mesas durante unos minutos, hasta que llegó a la mesa de aquella pareja.
Deteniendo el paso lentamente, se detuvo frente a ellos, y con un movimiento musical exquisito, condujo la música hacia un silencio tan breve que ninguno de los asistentes tuvo tiempo de reaccionar o aplaudir. Dirigiéndoles una sonrisa a ambos, cerró los ojos y comenzó a producir de nuevo un sonido dulce y profundo que despertaba las más emotivas sensaciones. Elevó una nota sostenida, marcando el inicio de una canción lenta y acompasada que incitaba a bailar en pareja. Resultaba familiar para la mayoría, pero nadie conseguía averiguar qué estaba tocando aquel hombre de una forma tan dulce. Sin embargo, la chica del vestido blanco y azul se emocionó en cuanto escuchó las primeras notas porque conocía muy bien aquella canción. "¿Cómo es posible que sepa que es mi favorita? ¿Será solo coincidencia?" se preguntaba la muchacha casi sobrecogida.
Entonces él, con su camisa arremangada, soltó la rosa blanca sobre la mesa y poniéndose de pie, retiró la silla y le ofreció la mano sonriendo. "¿Compartirías conmigo tu canción?".
Cogidos de la mano se apartaron a un lado del salón y empezaron a bailar como si nada más importara en el mundo en ese momento. Él la sujetaba por la cintura mientras ella apoyaba la cabeza sobre su pecho, que latía tan fuerte como nunca había hecho.
Bailaron hasta que la música se fue diluyendo en el silencio y levantando los ojos se dedicaron un último compás. El frío invierno pareció congelar aquel momento en la mirada de los dos, y se derritió con aquel profundo beso.
Cuando aquel momento se marchó de sus manos, el anciano del clarinete levantó los ojos bajo su sombrero y mirando al muchacho le guiñó un ojo... y él le devolvió el gesto. "¿Le conoces?" preguntó ella con aire de sospecha. "Es un viejo amigo" respondió él devolviéndole la sonrisa. Y tomándola entre sus brazos, apartó de su cara su pelo moreno y la besó para no dejar escapar jamás aquella noche de amor y jazz.
30 de septiembre de 2011
El buscador
El paso del tiempo había teñido su barba de blanco y raído su chaleco gris. Los días de juventud se habían marchado, igual que sus ganas de seguir con aquella búsqueda. Ya no tenía fuerzas para saltar sobre los árboles, no podía apenas sortear las piedras del camino que le habían hecho tropezar una y otra vez.
Apoyado en su viejo bastón, supo que no le quedaba nada nuevo por descubrir, y sintiendo una intensa tristeza se dejó caer en aquel árbol astillado sobre el que durante tanto tiempo había aprendido a buscar. Se sentía tan muerto como él. Puso sus manos sobre la corteza y lo acarició buscando consuelo en su viejo amigo.
Entonces algo inesperado le rozó la mano, y al mirar, descubrió incrédulo un brote verde en una de las ramas. Nunca antes había descubierto vida en ese tronco. Y empezó a buscar otros nuevos.
La estación
Él la miró a los ojos y sollozó "prométeme que te acordarás de mi, que todo lo que dijiste anoche no se olvidará". Ella acarició sus manos y su rostro, y secándole una lágrima le besó. El tren salía en cinco minutos destino al norte, donde Lucía pasaría todo el año alejada de la persona que estaba cambiando su mundo. "Te he escrito una carta" contestó ella, "espero que te ayude a comprender mi marcha".
Y aunque más tarde entendería sus razones, en aquel momento la duda le hizo romper a llorar. Ella ahogó un gemido... “Es hora de irse. Sabes que te quiero” y sonriéndole por última vez subió al tren. A través de la ventanilla le lanzó un beso y mientras se sentaba, se señaló el vientre curvando y moviendo la mano. Él se quedó boquiabierto...y sonrió.
24 de septiembre de 2011
El silencio
Mi primer microrrelato, 148 palabras para contar una historia completa, ¡me ha costado lo mio! Espero que os guste.
El muchacho había pensado demasiadas cosas que decirle y sin embargo estaba siendo víctima de su propia condición humana. Intentando dejar atrás cada uno de sus prejuicios, buceó entre las infinitas frases que había creado para ella, y ahora que sentía su respiración a pocos centímetros, ninguna le parecía lo suficientemente buena. Maldecía su incapacidad para decirle algo. Estaba demasiado nervioso. Necesitaba liberar y compartir aquel sentimiento que había crecido como un polizón oculto durante tanto tiempo, pero la mirada de aquella chica había paralizado su parte racional.
Sobrepasado por sus expectativas frustradas y lleno de incertidumbre, sin saber qué hacer o qué decir, cerró los ojos esperando una respuesta que no llegaría. Ella, cautivada por la intensa vulnerabilidad del chico, cerró también los suyos y le besó.
Solo entonces consiguió dejar atrás a su yo más frustrado y pudo decirle al fin aquello que tanto había deseado.
Cuento de medianoche
Me gustaría inaugurar el blog con el que fue mi primer relato corto escrito con conocimiento de causa, un 13 de Septiembre de hace algún tiempo. Muchas cosas han cambiado, pero no mi gusto por escribir y mejorar. Espero que lo disfrutéis.
Es un sábado más, de un otoño repleto de noches de tormenta como esta.
Llueve. Las gotas de agua golpean con tanta insistencia la ventana que hacen que me sienta vulnerable. Crujen contra el cristal con un tintineo armónico y persistente, empujando por hacerse un hueco y colarse al refugio de la noche. Estar aquí dentro me da una sensación de seguridad tan confortable como se pueda imaginar. Es una melodia constante y delicada que varía con el mecer del viento, convirtiéndose a la larga en una nana de cuna, una cancion de medianoche que te introduce en un estado de relajación y desvelo. Las gotas corretean ventana abajo acelerando su caida como si trataran de ganar una carrera para llegar al alfeizar empapado. Los charcos de la callen chapotean y devuelven el sonido del agua cayendo sobre ellos inundando la calle de esa música relajante y taciturna que no cesa minuto tras minuto mientras hundes la cabeza en tu almohada y evitando cerrar los ojos intentas adivinar qué estará haciendo esa persona en la que sueles pensar tanto.
Ha sido un día duro, agotador, de esos que te dejan exausto y con ganas de quedarte en la cama hasta tarde al dia siguiente. En tu cabeza aun pasean vagamente los problemas y preocupaciones de una persona normal, en un dia normal de una vida normal. Tratas de borrarlos de ahí, estorban, ahora no es momento de pensar sino de dejarse llevar por el momento, por el regalo de la magia que la naturaleza regala en cada noche de luna llena. Oyes el viento, oyes la brisa, unos pasos que corren por la calle para evitar mojarse. A través de tu ventana alcanzas a ver un cielo nublado y encapotado que anuncia que la lluvia te acompañará durante un buen rato, quizá lo suficiente para ayudarte a dormir placidamente. Te acurrucas entre tu edredón y te sientes protegido de la lluvia que azota el exterior, caliente frente al frío que empaña los cristales y se deja sentir en los dedos de los pies arropados por unos gruesos calcetines de lana. Aún saboreas ese chocolate caliente que has tomado antes de dormir para entrar en calor, sientes que te reconforta y te aporta una cálida sensacion de recuperar el animo y la fuerza que hayas podido perder en los problemas diarios. Las tensiones, los agobios, todo se ha marchado porque en este momento solo importa contar los segundos que tarda una gota en bajar por la vidriera. Se hace la remolona y parece quedarse quieta, como pegada de alguna forma al cristal...después de unos instantes continua su camino serpenteando a un lado y a otro, como una coreografia de danza perfectamente estudiada. Las hojas de los arboles se deslizan por el aire buscando un mejor sitio donde posarse para contemplar el temporal. Caen desde arriba haciendo sutiles giros sobre ellas mismas, como oteando el horizonte en busca de un lugar mejor cuando de repente un golpe de aire las desplaza de nuevo hacia arriba y las impulsa hasta tu ventana. Alli encuentran un espacio para quedarse y dormir compartiendo contigo la calidez y el refugio para pasar las horas de luna bajo la lluvia. Los ojos parpadean ligeramente primero, y luego mas y mas frecuentemente sumidos en una sinfonía de sonidos, imágenes y sensaciones que nos atrapan en un estado de sueño y relajacion absoluta. La vision de la ventana se nubla y el tintineo de las gotas se aleja de mi. Una ultima hoja pasa por mi ventana para arroparme y dejarme dormir. En medio de la relajación y el sueño, pienso por ultima vez en esa persona que tanto desearía que estuviera a mi lado en ese momento para congelarlo y hacerlo perfecto. Y al cruzar el umbral del sueño, ella aparece a mi lado para abrazarme y hacer eterno este instante de recogimiento y vulnerabilidad.
Es un sábado más, de un otoño repleto de noches de tormenta como esta.
Llueve. Las gotas de agua golpean con tanta insistencia la ventana que hacen que me sienta vulnerable. Crujen contra el cristal con un tintineo armónico y persistente, empujando por hacerse un hueco y colarse al refugio de la noche. Estar aquí dentro me da una sensación de seguridad tan confortable como se pueda imaginar. Es una melodia constante y delicada que varía con el mecer del viento, convirtiéndose a la larga en una nana de cuna, una cancion de medianoche que te introduce en un estado de relajación y desvelo. Las gotas corretean ventana abajo acelerando su caida como si trataran de ganar una carrera para llegar al alfeizar empapado. Los charcos de la callen chapotean y devuelven el sonido del agua cayendo sobre ellos inundando la calle de esa música relajante y taciturna que no cesa minuto tras minuto mientras hundes la cabeza en tu almohada y evitando cerrar los ojos intentas adivinar qué estará haciendo esa persona en la que sueles pensar tanto.
Ha sido un día duro, agotador, de esos que te dejan exausto y con ganas de quedarte en la cama hasta tarde al dia siguiente. En tu cabeza aun pasean vagamente los problemas y preocupaciones de una persona normal, en un dia normal de una vida normal. Tratas de borrarlos de ahí, estorban, ahora no es momento de pensar sino de dejarse llevar por el momento, por el regalo de la magia que la naturaleza regala en cada noche de luna llena. Oyes el viento, oyes la brisa, unos pasos que corren por la calle para evitar mojarse. A través de tu ventana alcanzas a ver un cielo nublado y encapotado que anuncia que la lluvia te acompañará durante un buen rato, quizá lo suficiente para ayudarte a dormir placidamente. Te acurrucas entre tu edredón y te sientes protegido de la lluvia que azota el exterior, caliente frente al frío que empaña los cristales y se deja sentir en los dedos de los pies arropados por unos gruesos calcetines de lana. Aún saboreas ese chocolate caliente que has tomado antes de dormir para entrar en calor, sientes que te reconforta y te aporta una cálida sensacion de recuperar el animo y la fuerza que hayas podido perder en los problemas diarios. Las tensiones, los agobios, todo se ha marchado porque en este momento solo importa contar los segundos que tarda una gota en bajar por la vidriera. Se hace la remolona y parece quedarse quieta, como pegada de alguna forma al cristal...después de unos instantes continua su camino serpenteando a un lado y a otro, como una coreografia de danza perfectamente estudiada. Las hojas de los arboles se deslizan por el aire buscando un mejor sitio donde posarse para contemplar el temporal. Caen desde arriba haciendo sutiles giros sobre ellas mismas, como oteando el horizonte en busca de un lugar mejor cuando de repente un golpe de aire las desplaza de nuevo hacia arriba y las impulsa hasta tu ventana. Alli encuentran un espacio para quedarse y dormir compartiendo contigo la calidez y el refugio para pasar las horas de luna bajo la lluvia. Los ojos parpadean ligeramente primero, y luego mas y mas frecuentemente sumidos en una sinfonía de sonidos, imágenes y sensaciones que nos atrapan en un estado de sueño y relajacion absoluta. La vision de la ventana se nubla y el tintineo de las gotas se aleja de mi. Una ultima hoja pasa por mi ventana para arroparme y dejarme dormir. En medio de la relajación y el sueño, pienso por ultima vez en esa persona que tanto desearía que estuviera a mi lado en ese momento para congelarlo y hacerlo perfecto. Y al cruzar el umbral del sueño, ella aparece a mi lado para abrazarme y hacer eterno este instante de recogimiento y vulnerabilidad.
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